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Que el Estado intervenga

El campo como siempre es “El hijo de peor mamá”, y el Estado se hace el de la vista gorda permitiendo que algunos vivos “hagan su agosto”.

Aceptando que hay control de calidad en los medicamentos para uso animal, es bajo o mínimo el control sobre sus precios, pues los que deberían hacerlo, al parecer están convencidos, que los productores pecuarios están llenos de plata, y por tanto a ese “hobby” no merece se le haga control.

En la misma forma que se controlan los medicamentos, el I.C.A. debería estar pendiente de que lo que se publicita y comercializa, corresponda a la realidad y no genere riesgos en la población ganadera ni en la ganadería en general. Garantizar una adecuada genética no se circunscribe a un árbol genealógico.

Nuestras razas criollas, que fueron prácticamente absorbidas ante la falta de conocimiento del pueblo, el silencio y la complicidad de muchos técnicos, y la avaricia de algunos pésimos mercaderes de germoplasmas e insumos hoy, cuando se atreven unos quijotes (obviamente respaldados por testimonios de productores extranjeros, y en el extranjero) para lograr alguna convocatoria y que sean oídos en un escenario propio para estas confrontaciones, les salen al paso desadaptados y energúmenos, que se consideran con “la verdad revelada” despotricando de todo y de todos, sin respetar aquello tan viejo como “con edad, dignidad y gobierno”.

En el mercadeo de germoplasmas sí estamos muy mal, pues aquellos que se precian de genetistas hacen caso omiso de las interrelaciones con el medio ambiente, importando animales que han sido seleccionados después de manejarlos en un medio y con una nutrición diferente a los únicos, que biológica y económicamente son posible en nuestra patria.
Con características acumuladas en ese proceso evolutivo de miles de años, como la falta de pigmentación y el tipo de pelo, que en el trópico es prácticamente el limitante de adaptación (entendiéndose como tal, la capacidad de crecer y reproducirse adecuadamente).

Con errores como “Pata de Poste” y aplomos deficientes, que reducirán su funcionabilidad en nuestros sistemas a base de forrajes, “mediante rotaciones racionales en sistemas silvopastoriles con una adecuada estratificación que permita “la cosecha de aguas”.

Y lo más grave, que estas debilidades reducen la tasa reproductiva, característica de mayor importancia económica.

Las razas puras son muy lindas, pero deben cumplir a cabalidad el fundamento de la ganadería:

Producir un becerro ojalá cada año, con ganancias de peso que garanticen animales que cumplan con el estándar de calidad en nuestro país: Cinco Estrellas.

El sistema de producción lo debe escoger cada ganadero en su entorno, y con las diferentes armas que le proporciona la  Zootecnia que le permita ser más competente.

Por esto, no se entiende que haya quien se atreva a pontificar. Las Razas en su mayoría, se han formado por selección natural a través de los siglos, donde la naturaleza favorece a las adaptadas al medio.

Las Razas artificiales las ha creado el hombre, y en su afán de “purificarlas” ha tenido que tomar la decisión de sacrificar características deseables, pues como es sabido, la naturaleza no da “Pan, arepa y pedazo”; rusticidad y funcionabilidad que afectan reproducción y longevidad productiva. 

Si queremos duplicar la población bovina y la tasa de extracción, debemos aprovechar lo que la naturaleza nos brinda sin apasionarnos. No hay mayor frustración que la que sufre quien se engaña a si mismo.

Pero lo que sí no debe ser, es que por la falta de intervención del Estado, el país sea el perjudicado.

Posdata: No sólo hay que ver el semen importado; también el nacional; y ¿qué está pasando con las transferencias de embriones, la I.A.T, y unas cuantas “Perlas?”.

Álvaro Aristizabal Mejía. Agrónomo Zamorano, Escuela Agrícola Panamericana, Tegucigalpa, Honduras; Juez Grado A; Director de Ferias y Eventos – Asodoble; Representante de Cebar; e-mail: alvaroaristy@hotmail.comalvaro_aristizabal@yahoo.com